
No, no ha desaparecido el Recreativo de Huelva ni hay relevo en el Decanato de ninguna de nuestras Facultades.
Ha muerto José Escobar. Ha sido oficial de Correos, actor de teatro, comediógrafo (con varias comedias de éxito), profesor de dibujo y un largo etcétera... pero sobre todo era el decano de los dibujantes de historietas en activo.
Publicó por primera vez en 1922 en “Pulgarcito”, una revista de crítica social a la que muchos se empeñan en seguirle colgando el sambenito de “infantil” en tono peyorativo. En esa misma revista, Escobar crearía a los personajes que le llevarían a la fama. O mejor dicho, que se harían famosos; porque él, como tantos otros dibujantes de historietas, seguiría casi en el más completo anonimato hasta su muerte acaecida esta Semana Santa.
Por cierto, dada la parcialidad con que trataron el tema los medios de comunicación y teniendo en cuenta que algo similar ocurrió hace poco con la presuntamente “definitiva” muerte de Superman, me asusta pensar que pudieran manipularse de la misma manera otras noticias de mayor interés para el gran público... pero eso ya es otra historia.
Sería en “Pulgarcito” -como iba diciendo- donde Escobar creó a todos sus personajes, de los que cito sólo sus mayores éxitos: Carpanta y Zipi y Zape.
España, 1940: ha concluido la Guerra Civil y Carpanta sueña con su muslo de pollo bajo un puente. Carpanta, además de un hambriento, es un vagabundo, un “sin techo”, como dicen ahora. Pero lo verdaderamente importante de este patético personaje es que en él se refleja el espíritu de la postguerra española. Carpanta es pícaro y soñador; sueña con colillas de puro y pechugas de pollo y esto lo convierte en sinónimo de hambre. Expresiones como “tener más hambre que Carpanta”, “tragar como Carpanta” o “carpantearse un bocadillo”, por poner sólo algunos ejemplos, se popularizan en la España de los cuarenta... pero sólo en los cuarenta, porque, aunque el personaje sigue publicándose en nuestros días, su fórmula se ha visto claramente agotada con la casi total erradicación de la hambruna en España. Aunque, quien sabe, quizás la crisis económica y la pertinaz sequía conviertan a Carpanta en un clásico de moda.
Otro tanto sucedió con Zipi y Zape y sus padres. Don Pantuflo Zapatilla indudablemente lee el ABC y es monárquico, a juzgar por sus patillas borbónicas. Zipi y Zape son otra vuelta de tuerca a los niños diablillos, que no son malos sino inaguantables para sus padres, al estilo de “Max und Moritz” o “The Katzenjammer Kids” pero a la española, revolucionando la señorial vida de su hogar madrileño y, sobre todo, interrumpiendo constantemente la plácida siesta de su padre bajo la neutral mirada de doña Jaimita, la madre, cuyo aspecto físico recuerda enormemente al de Rosario, la eterna novia de Popeye.
Pero Zipi y Zape, además de no crecer, no se actualizaron. Nunca pasaron del pantalón corto al vaquero, no tienen videojuegos y ni siquiera ven los dibujos animados de “Bola de Dragón”. Y, a pesar de todo, son tan revoltosos como se pretende que no sean los niños de ahora, que están condenados a aprender informática, inglés, música y hasta judo con tal de que sus sufridos padres no tengan que soportarlos en casa. Don Pantuflo sigue con su papel de siempre aunque ahora resulte algo cursi porque casi todo el mundo es de clase media, independientemente de ideologías o de gustos en cuanto a prensa.
Apartado de Ediciones B, (heredera de Bruguera, el editor de “Pulgarcito”) Escobar intentó reciclar a los dos hermanos, abandonando el proyecto cuando se le reconocieron sus derechos sobre Zipi y Zape. Terre y Moto, que así se llamaron estos “nuevos” gemelos de corta y reciente vida, estrenaron Levis. Su madre se convirtió en una maruja gorda y asidua a los culebrones. El padre no continuó con la línea de crítica social como cabría esperar. No tenía carnet del PSOE ni de parado, sino que sufrió una sorprendente transformación en árbitro de fútbol.
Terre y Moto, como sus antecesores, son muy aficionados al fútbol y a sus ídolos a pesar del bache de Maradona con la droga y de que todos los niños y jóvenes españoles se identificaban con Mario Conde que, por cierto, también les salió rana...
Otra coincidencia entre las dos parejas gemelas: en tiempos de Escobar los jóvenes preguntaban en voz baja de dónde vienen los niños y esto lo aplicó Escobar a sus creaciones, ignorando deliberadamente que esta generación dice en voz alta lo que hay que hacer para no tener niños... Detalles como este y el hecho de que Escobar no abandonara los valores éticos (lo que Zipi y Zape llaman “buenas acciones” son una constante en la serie) puede hacer parecer a sus personajes un tanto sosos, pero es innegable que este dibujante dedicó sus esfuerzos a fomentar la familia tradicional mucho antes de que a la ONU se le ocurriese dedicarle un Año Internacional.